sábado, 4 de mayo de 2013

Roma contra Judea, Judea contra Roma (II) —las guerras judeo-romanas


ÍNDICE

- CONTEXTO GEOPOLÍTICO, ANTROPOLÓGICO Y ÉTNICO
- ROMA
- JUDEA
- ANTISEMITISMO ROMANO: UN CONFLICTO ESPIRITUAL
- EL LEGADO HELENÍSTICO
- EL ANTISEMITISMO GRIEGO
- LA CONQUISTA DE POMPEYO
- HERODES EL GRANDE
- SOBRE JESUCRISTO Y EL NACIMIENTO DEL CRISTIANISMO
- CALÍGULA
- CLAUDIO Y NERÓN

SEGUNDA PARTE
- PRIMERA GUERRA JUDEO-ROMANA: LA GRAN REVUELTA JUDÍA (66-73 EC)
· Los disturbios étnicos en Egipto
· Asedio y caída de Jerusalén —la destrucción del Segundo Templo
· Caída de Masada
· Consecuencias de la Gran Revuelta Judía
- SEGUNDA GUERRA JUDEO-ROMANA: LA REBELIÓN DE LA DIÁSPORA O REVUELTA DE KITOS (115-117)
- TERCERA GUERRA JUDEO-ROMANA: LA REBUELTA PALESTINA O REBELIÓN DE BAR KOJBA (132-135)
· Consecuencias de la Revuelta Palestina
- ALGUNAS CONCLUSIONES
- ANEXO: NIETZSCHE SOBRE EL CONFLICTO ROMA VS. JUDEA

- SITUÉMONOS
- APARECE "LA SECTA JUDÍA"
- EL CASO DE NERÓN COMO EJEMPLO DE DISTORSIÓN HISTÓRICA
- DESTRUCCIÓN DE JERUSALÉN: EL CRISTIANISMO SE AFIANZA FUERA DE JUDEA
- LOS CRISTIANOS DEJAN DE SER PERSEGUIDOS
- EN LO ALTO DE LA PIRÁMIDE... SOLO HAY ESCLAVOS: GENOCIDIO ANTIPAGANO
- EL EMPERADOR JULIANO COMO ÚLTIMO COLETAZO ROMANO
- CONTINÚA EL GENOCIDIO ANTIPAGANO CON MÁS VIRULENCIA
- EL MARTIRIO DE HIPATIA COMO EJEMPLO DE TERRORISMO CRISTIANO
- A MODO DE CONCLUSIÓN
- NIETZSCHE SOBRE EL CRISTIANISMO
- VERSIÓN NIETZSCHEANA DEL SERMÓN DE LA MONTAÑA


En la anterior entrega, nos hemos quedado en una represión antisemita (antijudía y anticristiana) que el emperador romano Nerón ordenó en el año 62. Ahora vamos a ver cómo todos los acontecimientos anteriores han supuesto una escalada de violencia étnica, que culminará en este artículo con el desencadenamiento de tres inmensas guerras en las que, por primera vez, veremos la erradicación de las comunidades étnicas griegas de Asia Menor y Noráfrica a manos de los levantamientos judíos

En 64, Nerón manda a Gesio Floro como procurador a la provincia de Judea. El historiador Flavio Josefo culpa a Floro de absolutamente todos los tumultos sucedidos en la zona, pero lo cierto es que, como hemos visto, no comenzaron con él —y, por ser judío y saduceo, las obras de Flavio Josefo siempre han de ser leídas con cautela (por ejemplo, tiene un escrito llamado "Contra los griegos", en el que hace apología del judaísmo).

En Cesárea (ver el mapa del reino de Herodes), un judío simpatizante del helenismo sacrificó varios pájaros frente a la sinagoga, lo cual, en la mentalidad tradicional judía, "contaminaba" el edificio, como ya hemos visto antes varias veces. Con este precedente, pero con un largo historial de hostilidad anterior, las comunidades griega y judía de Cesárea se enzarzaron en una disputa judicial en la que, con mediación romana, ganaron los griegos. Bajo consejo de Gesio Floro, Nerón revocó la ciudadanía de los judíos de la ciudad —lo cual los dejaba a merced de la muy antijudía población griega.

Los griegos no tardaron en iniciar un masivo pogromo durante el cual masacraron a miles de judíos. Floro y los militares romanos (que lógicamente se identificaban antes con los griegos que con los judíos, y que quizás incluso planeaban utilizar a los griegos como vanguardia de limpieza étnica en la zona) no intervinieron para proteger a la judería ni pacificar a la ciudad, permitiendo que se asesinasen judíos y se profanasen sinagogas a babor y a estribor. Según Josefo, cuando los rabinos se llevaban los pergaminos sagrados para salvarlos de ser pasto de las llamas, Floro ordenó que se les arrojase en mazmorras. Esto fue demasiado para un grupo tan cohesionado como los judíos, y reaccionaron con más violencia, lo cual no hizo más que intensificar el pogromo y hacer que se extendiese a otras poblaciones, con las consiguientes represalias romanas.

Jerusalén, pues, comenzó a llenarse de refugiados judíos procedentes de Cesárea y otras zonas cuyas casas habían sido quemadas y cuyos bienes habían sido confiscados por los romanos, clamando venganza y rezumando resentimiento por todos los poros. La masacre de judíos en Cesárea resultó ser la desencadenante de una gran guerra que, de todos modos, llevaba tiempo gestándose.



PRIMERA GUERRA JUDEO-ROMANA: LA GRAN REVUELTA JUDÍA (66-73 EC)

El Oriente se quiere sublevar y Judas se quiere posesionar del dominio mundial.
(Tácito). 

En el año 66, Floro llegó a Jerusalén, donde exigió un tributo de diecisiete talentos de la tesorería del templo. Eleazar ben Ananías, el hijo del sumo sacerdote, reaccionó cesando los rezos y sacrificios en honor al emperador de Roma, y mandó atacar a la guarnición romana. Ésta respondió matando alrededor de 3.600 judíos, saqueando el mercado, entrando en casas, arrestando a muchos de los dirigentes judíos, haciéndolos azotar en público y crucificándolos.

Al día siguiente, empero, la concentración de judíos había aumentado. El polvorín estaba a punto de saltar.

El 8 de Agosto de 66 EC los zelotes y sicarios dieron un rápido golpe de mano en Jerusalén: asesinaron al destacamento romano y pasaron a cuchillo a todos los griegos. De forma sincronizada, se alzaron los judíos de todas las provincias y colonias romanas. En Jerusalén se formó un consejo que envió 60 emisarios por todo el Imperio, con el trabajo de levantar a las diversas juderías. Cada uno de estos emisarios se declaraba el Mesías y proclamaba el comienzo de una suerte de "nuevo orden". Herodes Agripa II, el etnarca de Judea, en vista de que las masas populares estaban en plena ebullición, optó por coger sus maletas y largarse de la provincia una buena temporada.

El efecto de esto fue la vuelta de levantamientos judíos y, como reacción, más pogromos antijudíos en Cesárea, Damasco y Alejandría, sin contar la intervención de las legiones romanas, que reprimieron duramente a las juderías de las mencionadas ciudades y también en Ascalón, Hipos, Tiro y Tolomaida (ver los mapas del anterior artículo). Los sectores judíos más moderados y sensatos aconsejaron apresurarse para llegar a un acuerdo con Roma, pero el criterio que iba a prevalecer en la dirección de la judería era el de los sicarios y zelotes, quienes, fanatizados, juraron luchar hasta la muerte, atrincherándose en las inexpugnables fortalezas de Jerusalén, fortificando las murallas de la ciudad y movilizando a toda la población.

A las órdenes de Nerón, Cestio Galio, el legado romano en Siria, concentró tropas en Acre (una plaza que sería muchos siglos después un centro estratégico importante de los cruzados europeos) con el objetivo de marchar sobre Jerusalén, devastar las poblaciones judías que hallase en su camino y aplastar la revuelta. Galio tomó la ciudad de Joppe, matando a 8.400 judíos (más adelante los refugiados se reagruparían en la ciudad y se dedicarían al bandolerismo y a la piratería, atrayendo sobre sí una segunda intervención romana, en la que la ciudad sería definitivamente arrasada y se matarían otros 2.400 judíos). Tras haberse topado con las sólidas fortificaciones de Jerusalén, las fuerzas de Galio se retiraron, y fueron interceptadas por los fanáticos judíos en una emboscada dirigida por elementos procedentes de los zelotes y los sicarios, que masacraron a 6.000 romanos en el mismo lugar en el que los macabeos habían derrotado a los macedonios siglos antes. Los judíos, emocionados por la simbólica repetición del acontecimiento, formaron un gobierno dirigido por los elementos más fundamentalistas, y acuñaron monedas con la inscripción "libertad de Sión".

Este trágico desastre inicial sin duda hizo que las autoridades romanas se tomasen más en serio las operaciones de extinción de la rebelión. Nerón puso al general Vespasiano al mando de la represión. Con cuatro legiones (la V Macedonica, X Fretensis, XII Fulminata y XV Apollinaris, un total de 70.000 soldados, es decir, una fuerza formidable, aunque se enfrentaba a un enemigo muy superior en número), Vespasiano sofocó la revuelta judía en el norte de la provincia, reconquistando Galilea en el año 67 (capturando allí a Flavio Josefo, el famoso historiador) y Samaria e Idumea en el 68. Los líderes judíos Juan de Giscala (zelote) y Simón ben Giora (sicario) huyeron a la fortificada Jerusalén.

Tito Vespasiano.


Los disturbios étnicos en Egipto

En Alejandría, los griegos organizaron en el anfiteatro una asamblea pública para enviar una embajada al emperador. Los judíos, a los que les interesaba parlamentar con Nerón, acudieron en grandes multitudes, y en cuanto los griegos los vieron, empezaron a gritar, los llamaron sus enemigos, los acusaron de ser espías, corrieron hacia ellos y los atacaron (versión de Flavio Josefo). Otros judíos fueron asesinados mientras huían, y tres fueron apresados y quemados vivos. El resto de judíos no tardó en llegar para defender a sus correligionarios, comenzando a tirar piedras a los griegos y luego amenazando con incendiar el anfiteatro.

Tiberio Julio Alejandro, el gobernador de la ciudad, intentó convencer a los judíos de que no provocaran al Ejército romano, pero este consejo fue tomado como una amenaza: los tumultos prosiguieron y, en consecuencia, el gobernador, ya sin paciencia, introdujo dos legiones en la ciudad (la III Cyrenaica y la XXII Deiotariana) para castigar a la judería. Se les dio a las legiones carta blanca para matar a los judíos y también para saquear sus bienes, con lo cual los soldados entraron en el gueto y, según fuentes judías, quemaron casas con judíos dentro, matando también a mujeres, niños y ancianos hasta que todo el barrio estaba lleno de sangre y yacían muertas 50.000 personas.

Los supervivientes, desesperados, suplicaron a Alejandro pidiendo clemencia, y el gobernador se apiadó de ellos. Ordenó a las legiones que cesasen la masacre, y éstas obedecieron en el acto. Alejandro participaría después en el asedio de Jerusalén.


Asedio y caída de Jerusalén ―la destrucción del Segundo Templo

Ese mismo año 68, Nerón fue asesinado en Roma y estalló una guerra civil. Todo el Imperio Romano estaba en jaque. Por un lado, las numerosísimas masas judías, en plena ebullición, desafiaban su poder en Judea, y por otro, lo hacían en el seno de la misma Roma. Si el poder romano en Oriente flaqueaba, los partos hubieran podido aprovechar rápidamente para conquistar Asia Menor y fortificarse en la zona, lo cual hubiera sido una catástrofe descomunal para Roma. El gobierno estaba tambaleándose suavemente, pero Vespasiano volvió a Roma y luchó contra Vitelio, que pretendía ser sucesor de Nerón. Tras vencerle, Vespasiano fue nombrado emperador y confió a su hijo Tito las operaciones militares de represión y el asedio de la capital judía.  

El hijo de Vespasiano era el General Tito. Mientras su padre fue a Roma a arrebatarle el trono a un gordo, él, con una edad de 26 años, quedó a cargo de la represión antisemita en Judea.

Tito rodeó Jerusalén con las cuatro legiones, cortando los suministros de agua y comida. Asimismo, incrementó las presiones sobre las necesidades de la ciudad permitiendo que los peregrinos entrasen a celebrar el Passover (la pascua judía) y luego impidiéndoles salir. En la Jerusalén asediada, la hambruna y las epidemias se cobraban miles y miles de vidas. Los judíos que constituían el núcleo duro de la rebelión —zelotes y sicarios— arrojaban muralla abajo a los pacifistas o los "contra-revolucionarios" sospechosos de no comulgar con la causa sionista, o de buscar un entendimiento con Roma para lograr condiciones favorables para su gente. Según algunos pasajes del mismo Talmud, los sicarios y zelotes (líderes como Menahem ben Jair, Eleazar ben Jair, y Simón Bar Giora) llegaron a cometer atrocidades contra la  población civil judía, incluso impidiéndoles la llegada de alimentos, para forzarlos a ser obedientes y comprometerse con su causa. 

Los defensores que constituían el elemento activo de la resistencia debieron ser en torno a 60.000 hombres, divididos en zelotes (al mando de Eleazar ben Simón, ocupaban la fortaleza Antonia y el templo) los sicarios (al mando de Bar Giora, centrados en la ciudad alta), y los idumeos y otros (al mando de Juan de Giscala). Existía una rivalidad manifiesta entre las facciones combatientes, que estallaba de vez en cuando en combates abiertos. La población de la Jerusalem fortificada superaba los tres millones de personas, de las cuales la mayor parte estaba dispuesta a luchar, esperando que su dios les echase una mano contra los infieles. 

Mientras los romanos atacaban una y otra vez las fortificaciones con inmensas bajas por su parte, los zelotes salían de cuando en cuando de las murallas a hacer razzias en las que conseguían asesinar a soldados romanos desprevenidos. Tras una de estas acciones, Tito, en una táctica de intimidación muy patente, hizo desplegar, al pie de la ciudad, a su ejército en su totalidad, con el objetivo de amedrentar y desesperar a los asediados, y recurrió a Flavio Josefo, quien gritó a los asediados cosas bastante razonables, como "Dios, que hace pasar el Imperio de una nación a otra, está ahora con Italia" o "nuestro pueblo no ha recibido el don de las armas, y para él, hacer la guerra acarreará forzosamente ser vencido en ella". Esto, al parecer, en los oídos de los resistentes judíos, dominados por sus supersticiones y seguramente esperando en cualquier momento una intervención del mismísimo Yahvé, sólo logró enardecerlos más, y le dispararon una flecha, hiriéndole en un brazo.

Flavio Josefo descendía de una larga línea sacerdotal saducea relacionada con la dinastía hasmonea de los tiempos prerromanos. Durante la Gran Revuelta Judía, el Sanhedrín lo hizo gobernador de Galilea. Tras defender por tres semanas la fortaleza de Jotapata, se rindió a los romanos, quienes mataron a casi todos sus hombres. Él, que se escondió en una cisterna con otro judío, se salvó demostrando su gran formación e inteligencia, y prediciéndole al general Vespasiano su futuro nombramiento como emperador de Roma. Posteriormente, acompañaría a Tito y los romanos, quienes lo utilizaron para intentar negociar con el Sanhedrín.

Después de esto, los judíos lanzaron otra razzia súbita en la que casi logran capturar al mismísimo Tito. Los romanos estaban entrenados para los choques frontales con ejércitos enemigos, pero no estaban acostumbrados a la lucha sucia de la guerra de guerrillas, en la que la caballerosidad del combate quedaba totalmente anulada. En Mayo del 70, los romanos abrieron con sus arietes una brecha en la tercera muralla de Jerusalén, tras lo cual rompieron también la segunda y penetraron como un enjambre de avispas en la ciudad. La intención de Tito era dirigirse a la fortaleza Antonia, que estaba al lado del templo y constituía un punto estratégico vital de la defensa judía, pero en cuanto las tropas romanas superaron la segunda muralla, se vieron enzarzadas en violentísimos combates callejeros contra los zelotes y la población civil por ellos movilizada, y que a pesar de perder miles de hombres ante la superioridad del entrenamiento legionario en el cuerpo a cuerpo, siguieron atacando, hasta que se les ordenó retirarse al templo para evitar bajas inútiles. Josefo intentó, una vez más sin éxito, negociar con las autoridades asediadas para evitar que el baño de sangre siguiese creciendo.

La fortaleza Antonia había sido construida por Herodes en honor a Marco Antonio, quien le había apoyado. Las legiones de Tito, enfrentadas a una edificación construida con eficacia romana, tuvieron que sobrepasar mil calamidades para tomarla. En la imagen superior se aprecia cómo la fortaleza se encontraba pegada al templo.

Los romanos intentaron varias veces romper o escalar los muros de la fortaleza sin éxito. Finalmente, lograron tomarla en un asalto encubierto, durante el cual una reducida partida romana asesinó silenciosamente a los guardias zelotes, que estaban durmiendo. La fortaleza se llenó de legionarios. Aunque Tito planeaba utilizar la fortaleza como base para abrir una brecha en los muros del templo y tomarlo, un soldado romano (según Josefo, los romanos estaban enfurecidos contra los judíos por sus ataques traicioneros) arrojó una antorcha que le prendió fuego al muro. El Segundo Templo resultó arrasado, y para colmo de la judería, las llamas se extendieron rápidamente a otras zonas residenciales de Jerusalén. Al ver su templo siendo pasto del fuego, muchos judíos se suicidaron, pensando que Yahvé se había encolerizado con ellos, abandonándolos y mandándoles una suerte de apocalipsis.

 "Destrucción del templo de Jerusalem", Francesco Hayez.

En este momento, las legiones aplastaron rápidamente la resistencia, mientras algunos judíos escapaban por túneles subterráneos, y otros, los más fanáticos, se atrincheraban en la ciudad alta y la ciudadela de Herodes. Tras construir torres de asedio, lo que quedaba del elemento combativo fue masacrado por los pilum y las gladius romanas, y la ciudad quedó bajo control efectivo romano el 8 de Septiembre.


Caída de Masada

En la Primavera del 71, asegurada Jerusalén, Tito marcha a Roma, dejando a la Legión X Fretensis (al mando del nuevo gobernador de Judea, Lucio Flavio Silva) a cargo de darle el toque de gracia a la resistencia judía. El último bastión de toda la rebelión fue la ciudad fortificada de Masada, que había sido erigida por los macabeos en una zona estratégica. Herodes la había mejorado en su intento de mantener contenta a la judería, pero cuando éste murió, decayó su comercio y quedó desocupada. Ahora hospedaba a lo que quedaba del núcleo duro sionista: zelotes y sicarios dirigidos por Eleazar ben Yair.


  
En el año 72, Silva se encontraba al pie de Masada. Cuando, tras un penoso asedio, penetraron en la fortaleza al año siguiente, descubrieron que los 953 defensores se habían suicidado.


Consecuencias de la Gran Revuelta Judía

En el año 73, tras siete largos años de una guerra increíblemente encarnizada y sanguinaria contra la mayor potencia militar del planeta, Judea entera quedó devastada, Jerusalén reducida a ruinas cenicientas y el templo totalmente destruido, salvo un muro que quedó en pie —el muro de las lamentaciones. Judea pasó a ser una provincia aparte, y la Legión X Fretensis quedó acampada permanentemente en la capital judía.

Siempre según fuentes antiguas, 1.100.000 judíos murieron a lo largo del asedio y durante la irrupción de las legiones, y otros 97.000 (incluyendo los líderes Simón Bar Giora y Juan de Giscala) fueron capturados y vendidos como esclavos por todo el Imperio Romano. Los vestigios de independencia y unidad política de la judería fueron pulverizados, y los judíos se convirtieron de nuevo en un pueblo sin país.

Reconquistada toda la provincia de Judea, Roma acuñó unas monedas conmemorativas en las que aparecía el perfil del emperador Vespasiano y, en la cruz, la inscripción IVDEA CAPTA (Judea conquistada), bajo la cual Judea era representada por una mujer llorando.

Esta rebelión judía estaba condenada a ser una acción kamikaze desde el principio. Sencillamente, el Imperio Romano era una fuerza demasiado irresistible, y sólo el fanatismo fundamentalista, predicado por sectores sociales minoritarios en el seno de la misma judería, pudo arrastrar a todos los judíos a combatir hasta el final de un modo tan tenaz y tan testarudo a un enemigo que, a fin de cuentas, era portador de una cultura infinitamente superior y, sobre todo, de una manera mejor y más eficaz de hacer las cosas. Sin duda alguna, la voluntad y la fe mueven montañas —pero, en este caso, no lograron milagros, sino la destrucción de su tierra santa y el endurecimiento de la ocupación romana.

La fecha de la caída de Jerusalén en el año 70 es el comienzo de la llamada Golus o Diáspora, es decir, la dispersión de los judíos por todo el mundo. En realidad, los judíos ya eran más numerosos fuera de Judea que en Judea (la población judía más grande del mundo se encontraba en Alejandría), pero la destrucción de su capital descabezó el centralismo judaico y propició aun más este proceso, favoreciendo desarrollos autónomos, el típico sentimiento apátrida y el auge de ese cosmopolitismo tan característico. Vespasiano hizo dispersar a los judíos de Judea por Italia, Grecia y, sobre todo, Noráfrica y Asia Menor, creyendo que así terminaba el peligro judío para el Imperio.

Al volver a Roma, el triunfal Tito rechazó solemnemente la corona de laureles de vencedor que le ofrecía el pueblo romano, alegando que cumplió con la voluntad divina y que "no hay mérito en derrotar a un pueblo que ha sido abandonado por su propio dios". Poco después le erigieron un arco de triunfo, debajo del cual aun no pasa ningún judío (al menos ningún judío tradicionalista) hasta nuestros días.

El arco de Tito, erigido en Roma para conmemorar la toma de Jerusalén, muestra a los legionarios romanos transportando los frutos del saqueo del templo, destacando sin duda la menorá gigante.

Este es un momento clave de la historia judía. Los judíos vieron cómo sus logros eran aplastados por un orgulloso imperio europeo, cómo sus reliquias eran pisoteadas por las sandalias romanas y cómo su sacrosanto templo era pasto de las llamas. Verlo ardiendo y destruido supuso un enorme shock en la psicología colectiva de la judería, llenando a los judíos de resentimiento y deseos de venganza en contra de lo que conocían de Europa, que eran las comunidades griega y romana.

Roma quizás hubiera podido fácilmente exterminar a todos los judíos de Judea si hubiera querido, pero no lo hizo: le parecía que el poder judaico estaba acabado. Los judíos habían quedado traumatizados, y su orgullo tribal quedó hecho trizas. Pero, lejos de neutralizarles, este shock psicológico sobre su inconsciente colectivo les alimentó crueles deseos de venganza. 

Los romanos habían dejado en pie un muro del templo de Sión.



SEGUNDA GUERRA JUDEO-ROMANA: LA REBELIÓN DE LA DIÁSPORA O REVUELTA DE KITOS (115-117)

Los judíos, dominados por un espíritu de rebelión, se levantan contra sus conciudadanos griegos.
(Eusebio de Cesárea, "Historia eclesiástica").

Este apartado tratará sobre la venganza judía sobre los griegos y los romanos por la destrucción del segundo templo. Estando Israel aun exhausto y bajo una férrea ocupación militar, veremos un intento de constituir "comunas" o Estados judíos en el extranjero, a partir de secesiones en Chipre, Egipto, Mesopotamia  y Cirenaica. La constitución de estos territorios judíos pasaba por exterminar a las comunidades griegas locales.

La Primera Guerra Judeo-Romana dejó muy claro que la judería, bajo la "convivencia" con los griegos y la autoridad de los romanos, no tenía absolutamente ninguna posibilidad de prosperar ni de alcanzar cotas de poder, como en cambió si había hecho en el pasado en Egipto, en Babilonia y en Persia. La situación "guetoizada" de los judíos sometidos a Roma contrastaba radicalmente con la de los judíos que, en Mesopotamia, eran súbditos del Imperio Parto. Allí existían numerosas comunidades judías antiguas, especialmente Babilonia y Susa, que se veían a sí mismas como grupos prósperos, ricos, poderosos y con una larga tradición. Llevaban seis siglos disfrutando una amplia libertad, y les horrorizaba la situación de sus correligionarios del Imperio Romano. Por tanto, no es de extrañar que la "judería internacional" apoyase incondicionalmente al Imperio Parto durante esta época, en parte porque los trataba mucho mejor y en parte porque era el único enemigo realmente serio que acechaba las fronteras del Imperio Romano en el Este, por lo cual eran la única potencia capaz de liberar Jerusalén. Después de todo, los partos fueron quienes mataron al odiado saqueador Craso durante la batalla de Carras, y si los romanos eran antijudíos y los partos eran enemigos de los romanos, la estrategia oportunista del momento consideraba al Imperio Parto como un régimen pro-judío. En esta época, nada le hubiese gustado más a la Judería que una campaña militar parta que conquistase Judea, Siria, Asia Menor en general y, al ser posible, también Egipto, como lo habían hecho antaño los persas.

La situación en torno al año 100. Los territorios sombreados en verde se corresponden con las zonas codiciadas por Roma y que acabarían cayendo en su poder, si bien por motivos logísticos y geopolíticos no lograría mantenerlas por mucho tiempo.

En 113, Trajano, quien tenía como modelo a Alejandro Magno, se disponía a iniciar una serie de campañas contra el Imperio Parto, con el objetivo de conquistar Mesopotamia. Para llevar al cabo semejante acción, concentró tropas en las fronteras del Este, a expensas de dejar desguarnecidas numerosas plazas más occidentales. Conociendo la conflictividad de la provincia de Judea, Trajano prohibió a los judíos estudiar la Torá y observar el Shabat, lo cual, en la práctica, no hizo sino granjearle la irritación de la judería.

Trajano, el primer emperador de origen hispano, tuvo el honor de haber regido el Imperio Romano cuando sus fronteras fueron más extensas. Bajo su reinado, se anexionó Mesopotamia, pero pronto iba a quedar claro que cada paso que daba Roma hacia el Este encontraría como reacción un levantamiento de la judería.

En 115, el Ejército romano conquista toda Mesopotamia, incluyendo ciudades partas que eran importantes centros judíos. En toda Mesopotamia, las juderías, horrorizadas de verse caer en mano de sus mortales enemigos, se alinearon con los partos y combatieron a los romanos con ferocidad. Esta abierta hostilidad, de la que enseguida se tuvo noticias en todo el Imperio, causó una ola de indignación y proporcionó la excusa perfecta para que las comunidades de etnia griega de las provincias de Cirenaica (actual costa de Libia) y Chipre, de fuerte tradición antijudía, iniciasen disturbios contra los guetos, aprovechando la ausencia de las legiones romanas, que hubiesen podido apaciguar la situación.

Varios líderes extremistas judíos volvieron a predicar la agitación contra Roma, proclamando el fin del Imperio, viajando por todas las provincias romanas de Asia Menor y Noráfrica y exhortando a las juderías locales a sublevarse y a luchar contra la ocupación europea. Los judíos, ya airados por los disturbios con la población griega,  aprovecharon la ausencia de militares romanos para iniciar, ese mismo año 115, una sanguinaria insurrección.

Dicha rebelión comenzó en Cirenaica, liderada por Lucas, autoproclamado mesías. Los judíos, en un veloz golpe de mano reminiscente de su rebelión en Jerusalén medio siglo antes, atacaron los barrios y poblados griegos, destruyeron estatuas y templos griegos dedicados a Júpiter, Artemisa, Isis y Apolo, y también numerosos edificios oficiales romanos (estas acciones eran un mero presagio de lo que los cristianos harían más tarde a escala masiva y en todo el Imperio). El célebre historiador romano Dion Casio, en su "Historia Romana", describe la terrible masacre que se desencadenó, refiriéndose a Lukuas como "Andreas", probablemente su nombre grecorromano:

En aquel tiempo, los judíos que vivían en Cirenaica, teniendo como capitán a un tal Andreas, mataron a todos los griegos y romanos. Se comieron su carne y entrañas, se bañaron en su sangre y se vistieron con sus pieles. Mataron a muchos de ellos con extrema crueldad, despedazándolos desde encima de la cabeza abajo por el medio de sus cuerpos; arrojaron a las fieras a algunos, mientras que a otros los forzaron a luchar entre ellos, en tal medida que llevaron a la muerte a doscientos veinte mil.

Nos dice también cómo "los judíos destruyeron a griegos y romanos. Comieron la carne de sus víctimas, de sus intestinos hicieron cinturones, y se untaron con su sangre". Estos testimonios, aunque quizás no deban ser tomados al pie de la letra, sin duda son interesantes para ver la imagen negativa que la judería tenía en Europa, como pueblo odioso y misántropo. También es notable el carácter de limpieza étnica implícita en las acciones judías en Cirenaica: pensemos que, en esa época, mucho menos poblada que ahora, doscientos mil muertos (aunque puede ser un número exagerado) era una cifra monstruosa, hasta tal punto que, según Eusebio de Cesárea, Libia fue totalmente despoblada y Roma tuvo que fundar nuevas colonias allí para recuperar la población.

Tras el genocidio efectuado en Cirenaica, las masas de Lukuas se dirigieron a una ciudad desguarnecida que, desde hacía tiempo, era el centro mundial de la sabiduría y también del antijudaismo: Alejandría. Allí, incendiaron numerosos barrios griegos, destruyeron los templos paganos y profanaron la tumba de Pompeyo.

Pero la Rebelión de la Diáspora no se limitó sólo al norte de África. El terrorismo judío en Cirenaica y en Alejandría había envalentonado a los judíos de todo el Mediterráneo, que, viendo la ausencia de soldados romanos, sentían la llamada del levantamiento contra Roma. Mientras Trajano estaba ya en el Golfo Pérsico luchando contra los partos, muchedumbres de judíos, fanatizados por los rabinos, se alzaron en Rodas, Sicilia, Siria, Judea, Mesopotamia y el resto de Noráfrica para llevar al cabo la limpieza étnica contra las poblaciones europeas. En Chipre tuvo lugar la peor matanza de toda la rebelión: 240.000 europeos fueron masacrados y la capital de la isla, Salamis, fue totalmente arrasada. Según Dión Casio:

Una crueldad semejante mostraron en Egipto y en la isla de Chipre bajo un tal Artemión, su jefe en la barbarie. En Chipre ellos masacraron a doscientas cuarenta mil personas, por lo que ya no pueden poner pie en la isla.

Este mapa muestra las fronteras del Imperio Romano en torno a 115, cuando estalló la Revuelta de la Diáspora. Las provincias conflictivas por su población judía están señaladas en el mapa junto con las ciudades importantes de la zona. Las zonas en verde claro se corresponden con las provincias de Arabia Pétrea, Mesopotamia, Asiria y Armenia (todas las cuales tenían importantes poblaciones judías), que fueron anexionadas a Roma después de la derrota de los partos, además de nuevos territorios para las provincias de Judea y Siria.

Para sofocar la rebelión en Chipre, Siria y los territorios recién conquistados de Mesopotamia, Trajano envió a la Legión VII Claudia a las órdenes de un príncipe bereber, el general Lucio Quieto (Kitos). Fue tan despiadada la represión de Quieto en Mesopotamia, que los rabinos de allí prohibieron en adelante el estudio de la literatura griega (!) y eliminaron la costumbre de que las novias se adornaran con guirnaldas el día de su boda. En Chipre, Quieto hizo exterminar a toda la población judía de la isla y prohibió por ley, so pena de muerte, que ningún judío pisase Chipre —incluso si se trataba de un náufrago que aparecía en una playa, debía ser ejecutado en el acto. Y es que estos hechos dejaron una profunda huella en la memoria de los europeos de aquellos lugares. Como recompensa por los servicios prestados, Quieto fue hecho gobernador de Judea.

Para la pacificación de Alejandría, Trajano sacó tropas de Mesopotamia al mando de Quinto Marcio Turbio, quien en 117 ya había sofocado la rebelión. Para reconstruir los daños causados allí por la revuelta, los romanos expropiaron a los judíos y confiscaron todos sus bienes y riquezas. Turbo quedó como gobernador de Egipto durante un periodo de reconstitución de la autoridad romana. Lukuas, quien se hallaba por aquel entonces en Alejandría, probablemente huyó a Judea.

En toda la Rebelión de la Diáspora, bastante más de medio millón de europeos fueron masacrados, principalmente los pertenecientes a los estratos sociales más nobles de Cirenaica, Chipre, Egipto y Babilonia, es decir, las gentes europeas de estos lugares, hombres, mujeres y niños que formaban por aquel entonces la aristocracia del Mediterráneo Oriental. Muchos fueron asesinados tras sufrir atroces torturas. Y, aunque la rebelión fue aplastada despiadadamente por Trajano, Quieto y Turbio, y miles de judíos fueron pasados a cuchillo, Ben Josef nunca fue capturado.

Esta nueva derrota, de nuevo, no hizo más que incrementar el odio, el resentimiento y la sed de venganza y sangre de la judería, que no tardaría en alzarse de nuevo, animada por el hecho de que la Rebelión de la Diáspora casi derribó la autoridad del Imperio Romano en las provincias más judaizadas, poniendo en peligro la situación estratégica en el Este y haciendo tambalear Roma misma. De hecho, el judío Heinrich Graetz (Siglo XIX) se regodeó, en su "Geschichte der Juden von Ältesten Zeiten", de que "Sólo si los numerosos centros de la rebelión hubieran cooperado, entonces tal vez hubieran sido capaces de propinarle al coloso romano su colpe de muerte ya en aquella época".

Tras la muerte de Trajano en 118, subió al poder el emperadorAdriano. Ese mismo año, las revueltas se transladaron a Judea. Quieto, que había quedado como gobernador de la provincia, capturó y mandó ejecutar a los hermanos Julián y Papo, que habían sido el alma de la rebelión en Judea... pero justo entonces llegó de Roma la orden de ejecutar al mismo Quieto, al que quizás Adriano veía como un posible adversario político. Adriano intentó calmar la situación en Judea accediendo a permitir la reconstrucción del templo de Jerusalén.



TERCERA GUERRA JUDEO-ROMANA: LA REVUELTA PALESTINA O REBELIÓN DE BAR KOJBA (132-135)

Aunque juren convertirse en buenos ciudadanos romanos y adoren a Júpiter y a nuestros demás dioses, matadlos, si no queréis que ellos destruyan a Roma o la conquisten, por los medios secretos y cobardes que acostumbran a hacerlo.
(El emperador Adriano, a sus legiones).

Adriano en un principio se había mostrado mínimamente conciliador con la provincia de Judea. Permitió a los judíos volver a Jerusalén, inició la reconstrucción de la ciudad como regalo de Roma e incluso les dio permiso para reconstruir el templo. Sin embargo, después de una visita a "tierra santa", tuvo un brusco cambio de opinión y comenzó de nuevo a hacer sentir la autoridad romana en la conflictiva provincia. Mientras la judería hacía los preparativos de construcción del templo, Adriano ordenó que fuese construido en un lugar distinto del original, y luego comenzó a deportar judíos al norte de África. Planeando (de un modo miope, hay que decirlo) la transfiguración completa de Judea, su desjudaización, su repoblación con legionarios romanos y su impregnación de cultura grecorromana, ordenó la fundación, sobre Jerusalén, de una nueva ciudad romana, llamada Aelia Capitolina. Esto implicaba la irrupción masiva del arte clásico, extremadamente odiado por los judíos, además de la construcción de numerosos edificios romanos ―y la construcción de un edificio romano pasaba necesariamente por una ceremonia de consagración de carácter religioso a cargo de augures romanos y que, según la mentalidad talmúdica, "contaminaba" la "tierra santa" por ser un ritual pagano. Jerusalén, ante los nerviosos ojos de la judería, iba a convertirse en el escenario de cosas altamente "profanas", "impuras" y "paganas" para su mentalidad, como por ejemplo, calles decoradas con estatuas desnudas… y con prepucio.

Los judíos, de nuevo indignados, se prepararon para una rebelión, pero el rabino Joshua ben Hananias (o Josué ben Ananías) los calmó, de modo que se contentaron con prepararse clandestinamente por si tenían que rebelarse en un futuro, cosa que parecía cada vez más probable. Construyeron escondites en grutas y empezaron a acumular armas y provisiones. Aunque no llevaron al cabo una rebelión abierta, en el año 123 comenzaron a sucederse acciones terroristas contra las fuerzas romanas de ocupación.

La educación helenista de Adriano queda de manifiesto en la barba que luce. Los romanos, pueblo de soldados, como los macedonios, tenían muy arraigada la costumbre del afeitado facial. Aunque Nerón llevó barba parcial en algunos momentos de su vida, fue Adriano el primer emperador en dejársela permanentemente. Un hombre así, naturalmente estaría más propenso a tomar partido por las poblaciones étnicamente griegas del Mediterráneo Oriental frente a sus principales rivales: los judíos, especialmente alejandrinos.

Adriano, que cada vez se estaba arrepintiendo más de su previa indulgencia para con la judería, trajo a la VI Legión Ferrata para actuar como fuerza policial. Para colmo, el emperador era un hombre de educación helenística. Además del antisjudaísmo tradicionalmente asociado con ella, la formación griega consideraba la circuncisión (el Brit Milá) como un acto barbárico de mutilación. De hecho, aunque admiraban la desnudez de un cuerpo humano bello, los griegos, que conformaban en Judea el sector social más influyente después de los romanos (por no hablar de la fuerte influencia que tenían sobre la misma cultura romana), consideraban como un acto de extrema mala educación mostrar el glande en público, por lo cual aquellos que tenían el prepucio demasiado corto de nacimiento, debían taparse el glande con algún accesorio. En cambio, según la tradición judía, Adán y Moisés nacieron ya sin prepucio, y el Mesías también nacerá circuncidado. La judería no era el único pueblo en practicar la circuncisión, de hecho también la practicaban otros pueblos semitas como los sirios y los árabes —pero en el caso de los judíos, constituía un asunto religioso, una señal de pacto entre ellos y Jehová. No me resisto a citar un extracto del Midrash Tanjuma, un escrito de la tradición judía en el que se relata una discusión entre Rabbi Akiva ben Yosef (el dirigente del Sanhedrín judío) y Turno Rufo (nombrado gobernador de Judea por Adriano en esta época):

Cierta vez preguntóle Turnus Rufus, el malvado, a Rabí Akiva: ¿La obra de quién es más bella, la del Santo, alabado sea, o la del hombre, de carne y hueso?

Contestóle: La obra del hombre.

Replicóle Rufus: Pero, ¡mira el cielo y la Tierra!, ¿puede acaso el hombre hacer algo semejante?

Díjole Rabí Akiva: No me traigas por argumento algo que está fuera del alcance de las criaturas humanas; algo que no pueden controlar, sino que arguye con aquello que está dentro del alcance del hombre.

Preguntóle: ¿Por qué vosotros os circuncidáis?

Dijo Rabí Akiva: Presentía que preguntarías sobre esto, por ello me anticipé en decirte que la obra humana es mejor que la del Santo, bendito sea.

Trájole Rabí Akiva granos de trigo y un pastel, y le dijo: Esto es obra divina y esto es obra humana. ¿No es mejor el pastel que los granos de trigo?

Díjole Rufus: Si Su voluntad es que se efectúe la circuncisión, ¿por qué entonces el niño no sale circuncidado del vientre de su madre?

Respondióle Rabí Akiva: ¿Por qué sale el cordón umbilical junto con él, y está suspendido de su ombligo y su madre lo corta? Con respecto a lo que tú preguntas, ¿por qué nace incircunciso?, te diré, que el Santo, alabado sea, no promulgó los preceptos con otro propósito que el de acrisolar con ellos a los israelitas. Por ello dice David: «acrisolada es la palabra del Señor» (Tehilim 18, 31). 

Para empeorar las cosas, Adriano también decidió prohibir la observancia del Shabat, que obligaba a los judíos a no trabajar y prácticamente a no hacer nada los sábados.

El año 131, después de una ceremonia de inauguración a cargo del gobernador Rufo, comenzaron las obras de Aelia Capitolina, y al año siguiente se acuñaron monedas con el nuevo nombre de la ciudad y se comenzaron las obras de un templo dedicado a Júpiter en el emplazamiento del antiguo templo de Jerusalén. El rabino Akiva ben Josef convenció al Sanhedrín para proclamar como Mesías y comandante de la venidera rebelión a Simón Bar Kojba ("hijo de una estrella"), un caudillo astuto, sanguinario y sagaz. Bar Kojba debió de trazar planes cuidadosamente, tomando nota de los puntos en los que las anteriores rebeliones habían fracasado. Instantáneamente, en cuanto Adriano se alejó de Judea, ese mismo año de 132, la judería se levantó, atacó a los destacamentos romanos y aniquiló a la Legión X (la VI quedó acampada en Layún, vigilando el paso de Megido). Comenzaron a concurrir judíos de todas las provincias del Imperio y más allá, y también obtuvieron el apoyo de muchas tribus sirias y árabes.



Con sus hordas semitas fundamentalistas (supuestamente 400.000 hombres, de los cuales se decía que se habían iniciado o cortándose un dedo o arrancando un cedro de raíz) irrumpieron en 50 plazas fortificadas y en 985 poblaciones indefensas (incluyendo Jerusalén) exterminando a las comunidades griegas, a los destacamentos romanos y a todos los opositores que encontraban, siendo comunes las atrocidades. Después, se dedicaron a la construcción de muros y pasajes subterráneos y, en definitiva, a atrincherarse en cada plaza.

Tras esas fugaces victorias, se reorganizó el Estado judío en la zona. En Betir, una poderosa fortaleza en las montañas, Bar Kojba fue coronado Mesías en una solemne ceremonia. Durante los años que duró la revuelta, Ben Yosef y Bar Kojba reinaron juntos, uno como dictador y el otro como "pontífice" religioso, proclamaron la "era de la redención de Israel" e incluso acuñaron monedas propias.


En la "cara" (prohibida la representación de la "blasfema" figura humana), una imagen de la fachada del templo de Jerusalén, con una estrella. En la cruz, un lulav u hoja de palma, y la inscripción "Año Uno de la Redención de Israel".

El general Publo Marcelo, gobernador de Siria, fue mandado para apoyar a Rufo, pero ambos romanos fueron vencidos por fuerzas vastamente superiores en número, que además invadieron las zonas de costa, forzando a los romanos a pelear con ellos en batallas navales.

En este momento tan preocupante para Roma, Adriano hizo llamar a Sexto Julio Severo, quien por aquel entonces era gobernador de la provincia de Britania. También requirió a un antiguo gobernador de Germania, Adriano Quinto Lolio Urbico. Con ellos, reunió un ejército mayor incluso que el que había reunido Tito el siglo pasado (un total de quizás 12 legiones, de un tercio a la mitad de todos los efectivos militares del Imperio). En vista del vasto número de enemigos y la desesperación con la que actuaban, evitó las batallas abiertas, limitándose a atacar grupos dispersos y arrasar las poblaciones donde éstos pudieran hallar sustento, en una táctica de guerra anti-partisana. Los judíos se habían atrincherado bien en unas 50 ciudades fortificadas, muchas de ellas verdaderos complejos inexpugnables en las montañas, por lo que los romanos avanzaron lentamente a base de asediar las plazas, cortarles los suministros y entrar cuando los defensores estaban débiles. Esta táctica penosa, que exigía también largos desplazamientos por zonas hostiles, les costó innumerables muertos —de hecho, parece que los judíos aniquilaron, o al menos causaron fortísimas pérdidas, a la Legión XXII Deiotariana, que había concurrido desde Egipto. Para confirmar las penurias pasadas por las legiones, Adriano eliminó de sus informes militares al Senado y al Pueblo de Roma la fórmula tradicional de apertura "Yo y las legiones estamos bien" —por la sencilla razón de que las legiones… no estaban bien.

Tras descomunales sacrificios y derroche de disciplina y sentimiento del deber, los romanos fueron triunfando poco a poco. En el año 134, quedaba la fortaleza de Betir (Bettar), donde Bar Kojba se había hecho fuerte con el Sanhedrín, sus seguidores más leales y miles de judíos que habían concurrido como refugiados. El mismo día del aniversario de la caída del templo de Jerusalén, la fortaleza cayó en manos de los soldados romanos, quienes pasaron a cuchillo a toda la población y no dejaron enterrar a los muertos hasta pasados seis días. Tal debió ser la escabechina, que la tradición judía —muy conocida, como es sabido, por inflar artificialmente las cifras de sus víctimas—, plasmada en el Talmud (Gittin, 57-B), estableció que "los romanos mataron a cuatro billones (sic) de judíos en la ciudad de Bethar" (!).

Lo que quedaba de las hordas fundamentalistas de Bar Kojba huyeron y se hicieron fuertes en unas cavernas al sur de Jerusalén, no lejos de la antigua fortaleza de Masada. Los soldados romanos asediaron las cuevas y, consumidos por el hambre, la sed y la fatiga, murieron Bar Kojba y sus seguidores, seguramente sin haber cedido ni un ápice en su fanatismo.

En cuanto a Ben Yosef, fue capturado vivo cuando las tropas romanas exterminaban los últimos coletazos de la rebelión a orillas del Mar Muerto. Lo mandaron a Cesárea, donde fue ejecutado a la edad de 120 años. Se dice que los romanos, enfurecidos por las pérdidas humanas que les infligió, lo despellejaron vivo, pero lo más probable es que muriese por crucifixión, que era el método de ejecución reservado a quienes se rebelaban contra la autoridad de Roma.


Consecuencias de la Revuelta Palestina

Esta revuelta tuvo consecuencias mucho más rotundas y mucho más definitivas, tanto para Roma como especialmente para la judería. Para empezar, fueron tales las pérdidas romanas que, además de que Adriano se negó a decir en los despachos militares al senado que todo iba bien, fue el único caudillo romano de la historia que, tras una gran victoria, se negó a retornar a Roma celebrando un triunfo. Tito Vespasiano sólo había rechazado una corona de laureles en su día, Adriano llevó esto al siguiente escalón.

Sin embargo, si las pérdidas romanas fueron grandes, las pérdidas judías fueron descomunales. Según Dión Casio, 580.000 judíos muertos, 50 ciudades y 985 aldeas judías arrasadas completamente (y no fueron reconstruidas) y cientos de miles de judíos vendidos como esclavos en todo el Imperio. No es de extrañar que el Talmud llamase a este proceso "la guerra del exterminio", y que incluso llegase a hacer declaraciones desorbitadas para mitificar el conflicto, como que "Dieciséis millones de judíos fueron envueltos en pergaminos y quemados vivos por los romanos" (Gittin, 58-A). A los judíos, en cualquier caso, se les quitaron definitivamente las ganas de alzarse contra Roma por la fuerza de las armas. A cambio, la amenaza judía, que tantos quebraderos de cabeza había dado a Roma, iba a incrementarse en todo el Mediterráneo, debido a la extensión aun mayor de la Diáspora, y al caldo de cultivo idóneo que ello suponía para la expansión de esa otra rebelión anti-romana que fue el cristianismo.

Las condiciones de la derrota impuesta a los judíos fueron aun más duras que el triunfo de Tito en el año 70. Como medidas en contra de la religión judía, Adriano prohíbe los tribunales judíos, las reuniones en sinagogas, el calendario judío, estudiar los escritos religiosos y el mismísimo judaísmo como religión (!). Hace ejecutar a numerosos rabinos y quema masas de rollos sagrados en una ceremonia en el Monte del Templo. Intenta erradicar la misma identidad judía y el mismo judaísmo, mandándolos al exilio, esclavizándolos y dispersándolos lejos de Judea. Esta persecución contra todas las formas de religiosidad judía incluyendo el cristianismo, continuaría hasta la muerte del emperador en 138.

Además, en otro intento de arrancar definitivamente la identidad judía y descabezar su centro de poder, las provincias orientales quedaron reestructuradas, formándose tres provincias sirias: Siria Palestina (así llamada en honor de los filisteos o filistinos, un pueblo de origen europeo enemigo de los judíos y que habitó la zona tras la invasión de los pueblos del mar), que coincidía con la antigua Judea, Siria Fenicia y Siria Coele.

En el nuevo ordenamiento territorial decretado por Adriano, Judea pasó a ser Siria Palestina, y Jerusalén quedó convertida en Aelia Capitolina, una ciudad griega y romana de la cual los judíos estaban proscritos. Las tres Sirias forman el Levante, una franja extremadamente activa y conflictiva en la Historia hasta nuestros días. De ella salieron el Neolítico, los fenicios, el judaísmo y el cristianismo, y por ella pasaron prácticamente todas las civilizaciones de la antigüedad, creando un caos étnico  que siempre acabó desembocando en conflictos. Siglos después, estas zonas verían el establecimiento de Estados cruzados europeos.

En cuanto a la ciudad de Jerusalén, Adriano llevó al cabo con ella los planes que habían desencadenado la revuelta: la capital judía quedó demolida y destruida, y los romanos araron por encima de las ruinas para simbolizar su "purificación" y su retorno a la tierra. Adriano construyó finalmente la proyectada Aelia Capitolina sobre las ruinas, introduciendo una nueva planificación urbana, de tal modo que aun hoy en día el casco antiguo de Jerusalén coincide con el construido por los romanos. En el centro de la ciudad se estableció un foro, que contenía entre otras cosas un templo consagrado a Venus. En el lugar del templo, Adriano hizo erigir dos estatuas, una de Júpiter y una de él mismo —aunque respetó el Muro de las Lamentaciones. Asimismo, al lado del Gólgota, donde fue crucificado Jesucristo, colocó una estatua de Afrodita. Esto pretendía simbolizar el triunfo de Roma sobre el judaísmo ortodoxo y sobre el cristianismo, considerado una secta judía de tantas, y que en Roma era perseguido sin distinguirlo del judaísmo "oficial". Para los griegos y los romanos, las estatuas de sus dioses eran representantes del espíritu divino, solar, luminoso y olímpico sobre la Tierra, mientras que a los judíos (incluyendo los cristianos) nada les revolvía más el estómago que una estatua desnuda, fornida, bella, de rasgos nórdicos y aspecto invencible. Para rematar la desjudaización de la ciudad, Adriano prohibió a ningún judío poner pie en Aelia Capitolina, bajo pena de muerte.

Esta ley sólo sería revocada dos siglos más tarde por el emperador Constantino, el primer emperador cristiano, quien fue el que cristianizó al imperio romano. En 330, permitió a los judíos acudir al muro que quedaba en pie del templo de Jerusalén, para rezar una vez al año, en el Tisha b’Av. Estas sesiones de culto, llenas de lloros, rezos, oraciones, salmos y lamentos, dieron a ese muro el nombre que lleva hoy: el muro de las lamentaciones. Allí los judíos lloran amargamente hasta nuestros días por el símbolo de una supuesta época esplendorosa que nunca existió ni les perteneció ―pues no fueron ellos los que construyeron el templo de Sión, sino que había sido el fenicio Hiram, luego los persas de Ciro y Darío, y luego los mismos romanos bajo Herodes. El símbolo del templo sería importantísimo en el misticismo judaico de etapas posteriores, impregnando completamente a la masonería, tan adepta del Antiguo Testamento y de todo lo que hay de hebreo en el mundo. 

La decisión pro-judía del primer emperador cristiano venía motivada por la importante influencia judía que, a través del cristianismo, llegó al corazón de Roma. Pero ésa ya es otra historia.



ALGUNAS CONCLUSIONES

• Los griegos y los romanos, desde su ingenuidad olímpica (y lo digo porque sólo a un ingenuo podría ocurrírsele prohibir la Torá, el Shabat o el Brit Milá sin darse cuenta de que la judería prefería morir entera a renunciar a sus tradiciones), fueron demasiado miopes y demasiado superficiales en el tratamiento del problema judío. Demostraron también no conocer las particularidades que diferenciaban a los judíos del resto de pueblos semíticos de Próximo Oriente, y pensaron que podían colocar allí sus templos y sus estatuas como si aquello no fuese más que otra provincia árabe o siria bien helenizada y bien persizada. La persistencia identitaria que había demostrado la Judería no les hizo a los despreocupados romanos pensar lo bastante.

• Esa convicción que tenían los clásicos de ser portadores de una cultura superior, les hizo caer en un fatídico error: pensar que una cultura puede ser válida para toda la humanidad y exportada a pueblos de etnia diferente. La helenización y romanización de Oriente y Noráfrica sólo tuvo un efecto: el caos étnico, la balcanización de la misma Roma, las luchas y, finalmente, la aparición del cristianismo.

• Incluso utilizando la fuerza bruta de sus legiones, Roma tardó en darse cuenta de que a los judíos, en su resentimiento y en sus ansias de venganza, les daba igual sacrificar oleadas y oleadas de individuos si con ello conseguían aniquilar un solo destacamento romano. Este fanatismo fundamentalista, que iba más allá de lo racional, debió dejar boquiabiertos a los romanos, que no estaban acostumbrados a ver a un pueblo mal dotado militarmente inmolarse de esa manera tan convencida, con la mente llena de fe ciega en un dios celoso, vengativo, abstracto y tiránico. Lo que los judíos llaman Yavé y en Europa se conoció como Jehová es, sin duda alguna, una voluntad extremadamente real, y además una fuerza claramente opuesta a los dioses olímpicos y solares de los pueblos europeos, cuyo colmo era el Zeus-Júpiter grecorromano.

• La vocación revolucionaria y agitadora de la judería nació aquí. Los judíos se dieron cuenta del poder primitivo y arrollador que encerraba una muchedumbre resentida, fanatizada e ignorante, y lo utilizaron hábilmente en el cristianismo y después en el bolchevismo. La misma ciega voluntad de sacrificar oleadas y oleadas se vio en el Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial, siendo los alemanes la reencarnación del espíritu romano en aquel momento histórico, mientras que el comisariado soviético, que era judío en más de un 90%, representó sin duda la voluntad de Israel.

• Los judíos en general, se enfrentaban a la extinción y a la limpieza étnica. Los griegos, quienes tenían más poder e influencia que ellos en Roma, a la larga, los hubiesen acabado erradicando poco a poco de Asia Menor, mientras que Roma, bajo influencia germánica, hubiese podido durar eternamente: la ciudad simplemente hubiese pasado a formar parte del mundo germánico gracias a la creciente influencia política de los germanos en las legiones y a la progresiva colonización del Imperio por parte de los germanos foederati.

• Tanto el judaísmo como el cristianismo son el producto de un caos cultural. No es casualidad que la judería naciese en la zona de mayor confusión étnica del planeta, tierra de nadie entre egipcios, asirios, babilonios, acadios, caldeos, persas, hititas, medos, partos, macedonios y romanos, por no hablar de la maraña de pueblos como los amoritas, los filisteos, los amonitas, los moabitas, los edomitas y las Doce Tribus de Israel, que habitaron la misma zona que nos incumbe y que, todos juntos, aniquilaron la identidad de pueblos enteros en un maremagnum genético.

• El carácter directo y marcial de los romanos, que a pesar de no haber captado la esencia judía sí que caló bien sus ansias de poder y su carácter problemático, forzó a los judíos a actuar, a ejercer su fuerza voluntad como pueblo, a devanarse los sesos para salir con el invento cristiano, y también les dieron la excusa perfecta para pasarse los siguientes dos milenios haciéndose las víctimas y lamentándose en el único muro que queda del templo de Jerusalén. Es probable que sin la existencia de Roma, la judería hubiese acabado durmiéndose en los laureles y olvidando sus intereses. 

• La Diáspora y la erradicación de Judea como centro judaico no propició en absoluto la disolución de la identidad judía. El judaísmo rabínico, tras vagar por Egipto y Babilonia, estaba más que acostumbrado al nomadismo, y la diáspora realmente llegaba de mucho antes, aunque las guerras en Judea sí que la incrementaron con avalanchas de refugiados.

• La judería, mostrando una enorme inteligencia, se dio cuenta de que no podía vencer a Roma en una guerra convencional, y que las rebeliones, luchas y guerras abiertas fracasaron porque los romanos eran más fuertes, más valientes, más poderosos y mejores soldados por naturaleza, a pesar de ser menos en número. Sin embargo, iba a prosperar la rebelión secreta y subterránea que los judíos habían insuflado sigilosamente en Roma como si se tratase de la semilla de la discordia, "por los medios secretos y cobardes" que Adriano vislumbró utilizaría la judería para triunfar finalmente sobre Roma. Esta clandestina rebelión anti-europea en general y anti-romana en particular, también tuvo nombre: se llamó cristianismo o, en palabras de Tácito, esa "conflictiva superstición" que "no sólo estalló en Judea, la primera fuente del mal, sino incluso en Roma, donde todas las cosas horrendas y vergonzosas de cualquier parte del mundo encuentran su centro y se vuelven populares".

• A la larga, el efecto que tuvieron los enfrentamientos entre judíos por un lado y grecorromanos por el otro fue la consolidación del cristianismo como única opción de conquista semítica de Roma, lo cual, a su vez, tuvo como efecto la limpieza étnica de la minoría europea en el Mediterráneo Oriental (especialmente de la odiada comunidad griega, que tenía su centro en Alejandría), principalmente a partir del Siglo IV. Me parece obvio que, tras la invención del cristianismo, se hallaba un intelecto enormemente desarrollado, con gran capacidad psicológica y geosocial de todo el Imperio, aglutinador de redes de inteligencia de todo tipo y específicamente diseñado para destruir al Imperio Romano, arrebatándole a Europa, especialmente a la Europa germánica, el legado del mundo clásico.

• La importación de cultos orientales no era sino la adecuación ritual a los cambios genéticos de la misma Roma, y al lento ascenso del sustrato étnico que existía en lo más bajo de la Roma originaria.

Aunque la base racial de la casta dirigente romana era nordico-roja, tenemos varios bustos de especímenes con fuerte influencia arménida, además de Catón. Estos tres bustos son de patricios de la República con una armenización patente.

• Judea era una provincia especial y los romanos hubiesen necesitado una política igualmente especial, consistente en blindar Roma contra la influencia judía (y, de hecho, contra toda influencia oriental, incluyendo la que había entre su plebe), dejar a los judíos en Judea, no darles la ciudadanía romana bajo ningún concepto, no profanar sus tradiciones y, desde luego, no civilizarlos, porque precisamente fue la (malamente hecha) helenización de ciertos sectores sociales judíos lo que propició la aparición del cristianismo, siniestra esquizofrenia judaica y greco-decadente que es muy evidente en el mismo nombre de Jesucristo, que procede de Yahshuah (un nombre judío) y Kristos ("iluminado" en griego).

• Por poner ejemplos de los perjuicios de la insensata romanización de Judea, Herodes, un soberano de Judea pro-romano, intentó romanizar la provincia construyendo ciudades que serían causa de discordia (como Cesárea), fuertes que serían utilizados por los judíos contra los mismos romanos (como la fortaleza Antonina y Massada) y además engrandeció el Segundo Templo, al cual los judíos ahora lloran, a pesar de que aborrecen a su constructor. Si Roma hubiera querido triunfar de una manera más rotunda sobre Judea, no hubiese debido permitir su romanización, y hubiese debido mantener la helenización bajo mínimos. Y es que imponer una cultura sobre un pueblo no significa que se haya logrado que la comparta. Un judío que sabía hablar griego, por su herencia genética y cultural, jamás iba a compartir ni comprender de verdad la cultura helénica, porque la cultura es el resultado del acervo genético, y la genética judía era radicalmente distinta de la helénica. Forzar la imposición de una cultura sobre otra que procede de un pozo genético distinto sólo lleva a una cosa: al mestizaje, que acabará manifestándose mediante la corrupción total de la cultura originaria.

• Los judíos, a quienes les han llovido palos por todos lados, pasaron poco a poco a ser como esa figura típica en ficción, que ha recibido muchos golpes y se convierte, con el tiempo, en un supervillano misántropo y resentido contra el mundo.
  
• Según las tradiciones judías, durante la futura Era del Mesías se construirá un Tercer Templo.

• Meter a los judíos en Roma, por mucho que estuviesen esclavizados, era suicida.

• La romanización forzada, la helenización forzada, la esclavitud, la deportación y cualquier cosa que tienda a aumentar el revoltijo étnico, son elementos sumamente negativos en la historia de cualquier nación, y el primer inconveniente de cualquier Imperio es precisamente ése: que es cosmopolita por definición.




ANEXO: NIETZSCHE SOBRE EL CONFLICTO "ROMA VS. JUDEA" 
("Genealogía de la moral", Tratado Primero, 15 y 16).

Los dos valores contrapuestos "bueno y malo", "bueno y malvado", han sostenido en la Tierra una lucha terrible, que ha durado milenios…

El símbolo de esta lucha, escrito en caracteres que han permanecido hasta ahora legibles a lo largo de la historia entera de la Humanidad, dice: "Roma contra Judea, Judea contra Roma" —hasta ahora no ha habido acontecimiento más grande que esta lucha, que esteplanteamiento del problema, que esta contradicción de enemigos mortales. Roma veía en el judío algo así como la antinaturaleza misma, como su monstrum antipódico, si cabe la expresión; en Roma se consideraba al judío "convicto de odio contra todo el género humano", con razón, en la medida en que hay derecho a vincular la salvación y el futuro del género humano al dominio incondicional de los valores aristocráticos —de los valores romanos.

Los romanos eran, en efecto, los fuertes y los nobles; en tal grado lo eran que hasta ahora no ha habido en la Tierra hombres más fuertes ni más nobles, y ni siquiera se los ha soñado nunca; toda reliquia de ellos, toda inscripción suya, produce éxtasis, presuponiendo que se adivine qué es lo que allí escribe. Los judíos eran, en cambio, el pueblo sacerdotal del resentimiento par excelence, en el que habitaba una genialidad popular-moral sin igual: basta comparar los pueblos de cualidades análogas, por ejemplo, los chinos o los alemanes, con los judíos, para comprender qué es de primer rango y qué es de quinto. ¿Quién de ellos ha vencido entretanto, Roma o Judea? No hay, desde luego, la más mínima duda: considérese ante quién se inclinan hoy los hombres, en la misma Roma, como ante la síntesis de todos los valores supremos —y no sólo en Roma, sino casi en media Tierra, en todos los lugares en que el hombre se ha vuelto manso o quiere volverse manso—, ante tres judíos, como es sabido, y una judía (ante Jesús de Nazaret, el pescador Pedro, el tejedor de alfombras Pablo, y la madre del mencionado Jesús, de nombre María). Esto es muy digno de atención: Roma ha sucumbido sin ninguna duda...

¿Con esto ha acabado ya todo? ¿Quedó así relegada ad acta para siempre aquella antítesis de ideales, la más grande de todas? ¿O sólo fue aplazada, aplazada por largo tiempo?… ¿No deberá haber alguna vez una reanimación del antiguo incendio, mucho más terrible todavía, preparada durante más largo tiempo? Más aun: ¿no habría que desear precisamente esto con todas las fuerzas?, ¿e incluso quererlo?, ¿e incluso favorecerlo?…